Evocando la gesta chicheña del 7 de noviembre

Por: Alberto Solares Gaite
Vía: Página Siete 

El eco de un galopar de corceles rompía el silencio de las quebradas, el trajinar de jinetes que surgían como figuras fantasmales alborotaba la noche del valle. Convergiendo desde sendas, abras y cañadas se reunían en pequeñas tropas y espoleando sus monturas se perdían raudamente entre los rojos cañadones. ¡Debían llegar con el alba al lugar donde el destino les tenía concertada una cita con la historia!

Era el tiempo heroico, cuando la patria comenzaba a sacudirse del yugo tan injusta y largamente impuesto por el peninsular ibérico. Chichas, un pueblo tradicionalmente altivo y valeroso, se alzaba en armas. A caballo, enarbolando el estandarte de la patria, galopaba a ofrendar el sacrificio de sus hijos por la sagrada causa de la emancipación americana.

Las provincias del Río de La Plata, insufladas por los vientos libertarios irradiados desde Charcas, fueron las primeras en alcanzar su independencia y como una forma de preservarla organizaron y armaron fuerzas expedicionarias que marcharon en apoyo de las provincias altas, las que recién iniciaban su larga y cruenta lucha emancipadora, no obstante haber sido el escenario de las primeras insurgencias revolucionarias, pero, precisamente por ello, donde se había concentrado una desesperada resistencia del poder colonial.  

El primer Ejercito Auxiliar enviado por la Junta Revolucionaria de Buenos Aires, habiendo ingresado al Alto Perú, tuvo una derrota inicial en las cercanías de la villa de Cotagaita, plaza fuerte realista, y se replegaba otra vez hacia el sur. La fuerza española victoriosa, superior y mejor armada, siguiendo muy de cerca a los patriotas logró darles alcance a los pocos días, obligando al desmoralizado Ejército Auxiliar a presentar combate. Con las últimas luces del día las avanzadas realistas avistaron a los auxiliares acampando a orillas del río San Juan, procediendo el grueso de sus tropas a tomar posiciones estratégicas con el propósito de envolver a su enemigo y forzarlo al siguiente día a un combate definitivo.

LA PATRIA A LOS VENCEDORES DE TUPIZA

...AL VALOR CHICHEÑO


La Batalla de Suipacha, combate librado, el 7 de noviembre de 1810, en los campos de Suipacha en el sur de Bolivia, entonces perteneciente a la audiencia de Charcas, en el Alto Perú, constituyó un triunfo del Ejército Patriota frente a los Realistas Españoles.

El Ejército Patriota estaba al mando del Gral. González Balcarce, cuyo ejército fue integrado por el Primer Ejército Auxiliar del Norte Argentino que se posicionó en Nazareno el 6 de noviembre después de su derrota en Cotagaita el 27 de noviembre (Gauchos, Salteños y Jujeños), la Caballería Chicheña (Cinteños, Talineños, Mojeños, Suipacheños y Tupiceños) integrado con jinetes intrépidos al mando del guerrillero Pedro Arraya que ingresaron por el oeste de las playas de Suipacha el 7 de noviembre, el Escuadrón de Suipacheños del audaz guerrillero Cesario Alfaro de Campos con sus 175 hombres armados de palos, machetes y algunos fusiles resistieron al norte de los campos de Suipacha (quebrada de San Agustín) el 6 y 7 de noviembre y las Fuerzas Criollas de Tarija que llegaron desde el Sudeste por los campos de Mojo el mismo día. 

El Ejército de los Realistas compuesto por los Veteranos de Borbón, Lanceros de Cinti y Dragones de Chichas, cuyas tropas españolas estaban al mando del Gral. José de Córdoba y Rojas, victoriosas llegaron desde Cotagaita pasando por Tupiza al pueblo de Suipacha, en la tarde del 6 de noviembre, dónde establecen su cuartel. 

El día 7 de noviembre, en los campos de Suipacha, a las once de la mañana se produjo la más sangrienta de las batallas en contra las tropas Realistas, quienes fueron derrotados finalmente, en las riberas del río de Suipacha que tiñeron de rojo las aguas con sangre de los españoles. Resultó una fácil victoria para los patriotas, pues los realistas abandonaron el campo de batalla en precipitada fuga, dejando toda su artillería, gran cantidad de fusiles, municiones, prisioneros, dinero en gran cantidad y dos banderas.

Telamayu de tradición minera, fundiendo el bismuto de Tasna

Y homenaje a "Los Chichas", la indomable raza guerrera 

Por Antenor Fernández Yañez

Telamayu, de reconocida trayectoria desde hace dos siglos, 
el bismuto extraído en Tasna, es refinado en la fundición 
que reinició operaciones en la minería estatal, promoviendo
y favoreciendo a la economía nacional.
Mañana primaveral, los rayos del sol marcan una línea horizontal en las alturas, “el pito” (sirena) emite su ulular, inicio de la jornada laboral, cientos de obreros rumbo a la fundición, carpintería y talleres; niñas y niños a la escuela, las amas de casa hacen fila en la pulpería para aprovisionarse, la característica en Telamayu.

Es febril la actividad, la fundición emite humo negro por sus altas chimeneas, dirigidos por “gringos”, los obreros proceden a reparar los legendarios camiones “International”, “Leyland” y “Mack”, deben estar en óptimas condiciones para las duras faenas de transporte de carga.

Los “baldes” (andariveles) se balancean colgados de gruesos cables, procedentes de “Asillani” (Siete Suyos), lentamente, descienden a los buzones, descargan complejos: plata-plomo-zinc que luego son triturados en las chancadoras, comienza el refinamiento del metal, este, es embolsado y cargado en bodegas del ferrocarril.

Desde el sur, llega una “vaporina” (locomotora), del puente retrocede, ingresa a los galpones de Telamayu, engancha los vagones y prosigue su marcha estirando el pesado convoy hacia Uyuni y desde ahí a Chile vía Ollague, al puerto marítimo de Antofagasta.

En Atocha, la población se concentra en tiendas para adquirir: coca, cigarrillos “Astoria”, los populares “maythucos”, alcohol, además de herramientas utilizadas en minería: linternas, guantes de cuero, chalinas, chompas, pues sobre los 3.658 msnm, el frío invernal se hace sentir.